Viaje a Holanda: Rotterdam y la Haya

Hay muchas maneras de llegar a Holanda desde Alemania (si se vive en la frontera, incluso se puede ir caminando, claro está). Desde Frankfurt estabamos entre ir en bus o en tren. El bus es por excelencia lo más barato, quizás solo comparado con alguna opción del Mitfahrgelegenheit (cuando la gente comparte autos para ir juntos a algún destino). El bus tarda más y las opciones de ir con alguien en auto es que nunca son fijas y pueden cancelarse un día antes sin previo aviso. El tren es una opción un poco más cara (aunque no demasiado como se piensa si se reserva con tiempo y viendo las diferentes promociones) y se viaja muy bien y cómodo. ¿Molestan los controles? Si, mucho. ¿Molesta tener que encontrar un lugar? Es eso, o pagar 4,50€ por reserva de lugar por persona por trayecto. Uno lo verá... Sin embargo, es cómodo, tranquilo y no hace casi ruido (a menos que la gente sea ruidosa, pero eso no se puede controlar en ningún medio de transporte).

Nosotros encontramos una buena opción para ir con el tren, directo hasta Rotterdam. Cinco horas de viaje y estabamos en la ciudad holandesa cambiando una sola vez de tren en Eindhoven. La estación central de Rotterdam es visualmente muy interesante. La ciudad en sí misma tiene una gran arquitectura, la verdad. Los edificios llaman siempre la atención, por sus colores, por sus formas. Otra atracción que llama la atención por este sentido son las casas cúbicas, llamadas “Kubuswoningen” en holandés, que significan departamentos cúbicos.

Aviso, que no es que sepa hablar holandés, pero el idioma tiene un gran parecido con el alemán. Al menos en algunas cosas, porque debo admitir que había momentos en los que me encontraba tan perdido que entendía ni una sola palabra. Me pareció increíble el idioma, la verdad. Una mezcla de alemán, con acentro inglés, palabras francesas e ingleses, o mismo alemanas deformadas. Por momentos se entiende, por momentos nada. Sonidos guturales, rasposos o armoniosos. El holandés realmente es un idioma muy rico en todo.

Nuestra visita de Rotterdam fue iluminada por el hecho de que nos alquilamos unas bicicletas y pudimos visitarla casi toda de esta manera. Fuimos al mercado central llamado Rotterdam Blaak, que es una experiencia en si misma, donde se pueden probar muestras gratis de todos los productos que allí se ofrecen. Probamos diferentes quesos, embutidos, chips hechos de verduras, verduras, salsas... y los colores de los productos, los quesos, que eran rojos, verdes, azules, o amarillos intensos. Gente de todas nacionalidades caminando por doquier. Y todo esto dentro de un edificio muy moderno con forma de galpón gigante, azul, lleno de vidrios (una foto podría ilustrarlo mejor), con el toque clásico de pinturas de los mismos productos que allí se venden pintados en los techos internos. Para coronar esa atracción nos comimos unas papas fritas con mayonesa, que es una cosa muy típica holandesa. En holandés es patat. (me recordaba a la serie Tetes à claques, cuando decía, con acento quebequois, “t’aime bien manger des patates?”).

Con las bicicletas nos alejamos del centro de la ciudad y nos fuimos a una zona portuaria en la que había un pequeño molino. Por supuesto que había que ir a ver el molino, sino, ¡no habríamos estado en Holanda! Más tarde vimos unos más desde el tren, pero este lo vimos bien de cerca. Según decía un cartel pegado en la puerta, el molino aun funciona y vende la harina que produce. En esa zona entramos en un pequeño restaurante donde tomamos cerveza (como consejo si alguna vez van, pidan una muestra de cervezas, que es un vaso tipo “shot” en el que traen todos los tipos de cerveza que se ofrecen empotrados en una maderita) y un mix de comidas típicas.

Las bicisendas de Rotterdam están muy bien organizadas, pintadas de un color diferente (colorado) al de la calle normal, y lo más importante, están por todos lados. La ciudad no es muy grande, con lo que se puede llegar a todos lados en bicicleta. 

La segunda parte del viaje fue a La Haya, que es donde viven los reyes de Holanda normalmente. También se encuentra el Palacio de la Paz y muchos edificios administrativos del país. La ciudad no la pudimos apreciar al 100% porque era domingo y estaba todo cerrado, y todos los edificios que acabo de enumerar los vimos desde afuera. Lamentablemente no la pude saludar a Máxima, aunque vi muchas postales con su cara y hasta un cuadro enorme que estaba en frente del palacio real. 

Algo que probé en la Haya, es la salchicha cruda: Ossenworst. Es como si fuera carne picada en forma de salchicha... y se come así. La impresión es bastante grande al comerla, pero es rica. Así y todo, no la recomiendo, porque si por mi fuera, no la pediría de nuevo. Pero se viaja para probar cosas nuevas, ¿no es cierto? 

Como conclusión puedo decirles que Holanda merece la pena (sin entrar en nada de drogas, ni zona roja) a nivel cultural y gastronómico (la cerveza es muy buena y tienen muchas especialidades increibles, muchas de las cuales incluyen queso, claro). ¿Volver? Volvería. Intentaría ir un día de semana para ver cómo son las ciudades, e intentaría volver en primavera o verano. Pero, ya que vi la segunda y la tercera ciudad más grande de Holanda, la próxima me gustaría conocer Amsterdam, que claramente es la primera. Y saludar a Máxima... eso me quedó en el tintero.

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